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lunes, 9 de febrero de 2009

AULA DE PAZ HONORIFICO JULIO CARO BAROJA



Entrega del Aula de Paz honorifico a Julio Caro Baroja en presencia de la Presidenta de la Junta General del Principado de Asturias Laura Gonzalez y Jose Ramon Santana Vazquez coordinador.


Hijo del editor Rafael Caro Raggio y de Carmen Baroja, nace en Madrid el 13 de noviembre de 1914 y fallece el 18 de agosto de 1995. Antropólogo, historiador, lingüista y ensayista era sobrino del novelista Pío Baroja y del pintor Ricardo Baroja. Autor por encargo de su propia Autobiografía vista en tres etapas. Fue discípulo de Telesforo Aranzadi, José María Barandiarán, Hermann Trimborn y Hugo Obermaier, quienes lo encaminaron a la historia y a la etnografía.

Se doctoró en Historia antigua por la Universidad de Madrid, donde ejerció como profesor. Posteriormente dirigió el Museo del Pueblo Español de Madrid.

Premios

Académico de número de la Real Academia de la Lengua Española, de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia de la Lengua Vasca. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales (1983), la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1984), el Premio Nacional de las Letras Españolas, el Premio Internacional Menéndez Pelayo (1989) y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura (1989).

Es considerado en España como el iniciador del llamado enfoque histórico-cultural y podemos decir que fue uno de los últimos sabios del siglo XX.

Fruto de su formación y de los maestros que tuvo, sus primeros trabajos tratan sobre temas etnográficos, escritos cuando tan solo tenía 15 años, así como su tesis doctoral en 1941, que fue la base de una trilogía muy posterior acerca de los ciclos de las fiestas de invierno (El carnaval, 1965), de primavera (La estación de amor, 1979) y de verano (El estío festivo, 1984).

Por distintas razones, tanto personales como circunstanciales, se mantuvo al margen de la universidad, excepto durante dos cortos períodos de docencia, uno en Coimbra, y otro, mucho más tarde, en el País Vasco. Realizó numerosos viajes por España y el extranjero, con estancias prolongadas en Estados Unidos e Inglaterra (entre 1951 y 1953), dedicándose, como dijo alguna vez, «a sus labores».

En su obra, -que alcanza unas setecientas entradas entre libros, artículos, prólogos y ensayos-, destacan trabajos que fueron precursores en su día, aunque ahora cuenten con numerosos seguidores.

En sus primeros libros se expone una síntesis de la etnología en España y en particular de la del País Vasco: Los pueblos del norte de la península Ibérica (1943), Los pueblos de España (1946), Los vascos (1949).

Sus estudios relacionados con aspectos tecnológicos vienen de la época en que dirigió el Museo del Pueblo Español. Entre ellos caben destacar los dedicados a los arados españoles (1949) y a los molinos de viento (1952), publicados en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, de la que fue director durante quince años.

Viajar al Sahara en 1952 hizo que su interés se orientara hacia el hecho de las minorías étnicas. Publicó los Estudios saharianos (1955), quizás el libro más valioso acerca de este territorio africano bajo dominio español en aquella época. Los moriscos del reino de Granada (1957) y otros posteriores marcan el sincretismo entre etnografía e historia, por ser fruto de su intensa labor de investigación en los archivos de la Inquisición: Las brujas y su mundo (1961), su obra más conocida, Vidas mágicas e Inquisición (2 vols., 1967) y, sobre todo, Los judíos en la España moderna y contemporánea (3 vols., 1961-1962). Otros estudios sobre grupos o minorías oprimidas nos dan una visión de los gitanos, mendigos o bandidos del área mediterránea.

También fueron novedosos los titulados Ensayo sobre la literatura de cordel (1969), Las formas complejas de la vida religiosa , Religión, sociedad y carácter en la España de los siglos XVI y XVII (1978), La aurora del pensamiento antropológico, La Antropología en los clásicos griegos y latinos (1983), La cara, espejo del alma y Historia de la fisiognómica (1987).

En los 18 volúmenes que componen los Estudios vascos se recogen artículos publicados entre las primeras monografías (La vida rural en Vera de Bidasoa, 1944; Los vascos. Etnología, 1949) y obras de madurez como La hora navarra del XVIII (1969), Etnografía histórica de Navarra (3 vols., 1971-1972) y La casa en Navarra (4 vols., 1982). Sobre el viejo reino, y sobre Guipúzcoa, elaboró, con su hermano Pío, un par de extensas películas etnográficas.

En su obra Los vascones y sus vecinos estudia la historia antigua de dos pueblos, los vascones y sus vecinos de Aquitania. En este libro incorpora alguna novedades en relación con escritos anteriores, ya que dice que la lengua que más se puede comparar al euskera es la hablada en ciertos núcleos étnicos antiguos aquitanos e incluso pirenaicos más orientales.

Escribió también sobre su familia; en Los Baroja habla sobre su tío Pío Baroja, su otro tío Ricardo, pintor, y sobre toda su familia.

Fue enterrado en Vera de Bidasoa (Navarra), donde los Baroja poseen una casa familiar llamada "Itzea", palacete que adquirió su tío Pío.









JAVIER CUERVO La casa bar-tienda está a 2 kilómetros del puente de San Sebastián, en medio de las obras del último y mayor coloso de la autarquía franquista: Ensidesa. Es 1956, Laura González tiene 14 años, trabaja 12 horas detrás del mostrador, estudia libre, está acomplejada por la altura -le sobran piernas- y, como es abstraída, la abuela la llama «Nadamiro». Es la mayor de sus hermanos: Iván, Angelina (Pitusa) e Isabel (Lalé).

Unos tubos escupen una mezcla repugnante que es la basa que cubre lo que fue su paraíso y el de 150 vecinos entre Las Huelgas y Valliniello, y ya no puede bañarse en la ría en Llaranes, ni coger orégano para las morcillas en el Estrellín, ni ir campo a través hasta la playa de San Balandrán.

El bar-tienda, planta baja y piso, tiene periódicos en el escaparate y dentro, desde comestibles a alpargatas que compran los extremeños y andaluces que trabajan en «las campanas», la cimentación de la fábrica. Como esos cuarenta y tantos parroquianos tienen nombre y rostro, no les llaman «coreanos». Cobran el día 15 y comen a diario, de las mismas potas que la familia, cocido, media de vino y ración de pan por 5 pesetas. Cena: abadejos con patata cocida. Detrás de casa hay terreno, un patio con figal y cobertizos donde engorda algún cerdo.

El bar es de la abuela materna, Mercedes, que cose desde cría y es carnicera. Cuando la cortejó Ángel, el mozo lucía una herencia reciente. A Mercedes no le impresionó: «Con eso no me demuestras que sabes ganarte la vida. Vuelve cuando tengas trabajo». Ángel se fue a América, fundió sus cuartos, regresó a Avilés, se casó con Mercedes y trabajó de tratante y guardia urbano. Ella era socialista y en la posguerra se acercó a los comunistas. De él no se supo ni qué pensaba ni si votó en la República, pero en la Guerra Civil se lo llevaron a Casa Pedregal, el centro de detención de Avilés, y no volvió. A la abuela la dejaron viuda, rapada y con dos hijos, Ángel y Angelina, que pasaron la adolescencia evacuados en Barcelona, en casa de gente de izquierdas, comiendo lo que había, que era poco.

Ángel es vividor y de izquierdas. Angelina, la madre de Laura, es salada, atiende los partos de la familia, cocina para 40 personas, cose... Es la menos concienciada pero tiene el espíritu práctico que le falta a su marido, Baldomero, anarquista, vegetariano y naturista, nadador excelente, palista pionero en la ría de Avilés con una piragua que se había hecho él mismo. Es guapo, tiene un «Fotingo» que carga de familia y vecinos para ir a la playa y a veces hay que empujarlo medio camino. Es representante de comercio y agente de seguros, entrañable y un desastre para los negocios.

El padre de Laura es hijo de Baldomero, que se fue a los 14 años a Santa Clara (Cuba) y retornó con una pequeña fortuna y una guapa criolla de pelo ondulado, Celia, maestra. Vinieron de viaje de novios y nunca regresaron a Cuba. Compraron casa en la calle Rivero, planta baja y piso, tienda de ultramarinos y vivienda. Son más bien de derechas. En el barrio de San Sebastián, al otro lado de la carretera, alquilan la casa de Josefina Artime, dos plantas y buhardillas, una cocina enorme de suelo de cuadros y un gran jardín con frutales y mesas de piedra donde celebran nacimientos, funerales y reuniones familiares.

La hermana mayor de Baldomero, Amparo, marchó de enfermera a Valdecilla a los 18 años, llegó a directora de Enfermería, se hizo monja de la Caridad y es madre superiora. El hermano que sigue a Baldomero es Jorge, un republicano y anticlerical con el vicio y la virtud de la lectura. Los pequeños, Manolo y Mario, son franquistas. Manolo fue un estudiante de matrículas de honor, empezó Letras pero no acabó y está empleado en el Banco de Gijón. Le gusta mucho el cine y como tiene entradas gratis nadie sabe cuántas veces ha visto el bayón de Ana («ya viene el negro zumbón») que baila Silvana Mangano en «Arroz amargo». Mario acabó Derecho y es el único titulado superior.

Hoy, como siempre que hay reunión, todos charlan y discuten de libros y de política. Laurita, que sólo lee las novelas de James O. Curwood y las historias de César de Echagüe, que por las noches es «El Coyote» y arranca orejas a tiros, escucha. Atiende a lo que dicen de política y no es la primera vez que su padre, el naturista, y su abuela, la roja, coinciden en que «a Franco le queda un año». No suelen estar de acuerdo en más. Laurita contempla a la familia y siente que los quiere.

Año y pico después, Ensidesa ejecutó la expropiación y la familia se fue a vivir a Avilés.

Georgina, hermana pequeña de Laura, nació 4 años más tarde.

Después de 25 años, la tía Amparo colgó los hábitos, nunca se supo por qué, y compró coche. Tiene 92 años y sigue creyendo.

En los años sesenta, el tío Mario llegó a ser jefe local del Movimiento y concejal en Avilés.

La abuela Mercedes, que murió octogenaria, dejo dicho a Laura que, cuando ella faltara, mirara detrás del armario de la ropa. Había un sobre con 35.000 pesetas para el entierro.

El abuelo Ángel es uno de los 143.353 desaparecidos de la represión franquista.

Laura González da mucho valor a aquella convivencia y aquellas discordancias en su inclinación hacia la política. Trata y recuerda a su familia y «sigo queriéndolos a todos».



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